¿Cómo referirse a la primavera? Sin duda es una estación contradictoria. Por una parte, es sinónimo de buen clima (el sol comienza a adueñarse lentamente de la temporada) y los días se vuelven más largos (< happy hour). Por otro, aparecen las alergias, las añoranzas y la certeza de que, aunque nos parezca prematuro, nuevamente el ciclo de un nuevo año se comienza a cerrar.Personalmente, este fin de año lo estoy viviendo envuelto en la nostalgia de saber que es el último que residimos con la Pame en Santiago Centro. Llevamos cuatro años viviendo aquí y leyendo los posteos de la nota anterior, me doy cuenta que soy de los pocos enamorados de la médula de esta ciudad.
Es cierto, estamos cumpliendo la máxima de cualquier capital que crece y se vuelve relevante: sus habitantes la odian, pero nadie prescinde de ella. Y cómo no odiar los bocinazos, los tacos, la movilización pública colapsada, los cuidadores de autos, el indiferente perdón del que te chocó en el metro… cómo no odiar todo eso. Les doy una fórmula: piérdanse en su ciudad.
¿No lo creen? Lo que todos detestan –creo yo- está dando paso a los nuevos Santiaguinos que huyen a los suburbios en busca de “paz” y de un patio en dónde ubicar la parrilla para asar los domingos. Por supuesto también están aquellos que fueron más allá e invadieron las zonas periféricas rurales buscando un ambiente de “campo” distinto para incrementar su calidad de vida.
Finalmente estamos los que caminamos entre el concreto con la libertad de los que caminan entre vergeles. Los que vamos a la feria el domingo a Diez de Julio y compramos entre mujeres tatuadas que cargan niños ya medios alternativos. Gente “joven” que vive en no más de 60 metros cuadrados cuyos espacios de recreación se encuentran en los lugares públicos. Personas con prospectos artísticos desconocidos (muchas veces de dudosa calidad) que necesitan del bullicio capitalino para sentir que están activos y que aún todo puede pasar. Tipos que saben dónde ir a comer, cuál es la última picada y dónde se puede tomar un trago sin que te estrangulen la billetera. Tíos que de vez en cuando se lanzan a hacer deportes en el Bustamante, compran bicicletas que puedan entrar en los ascensores y habitualmente cruzan la calle por las tardes con una botella de agua y una toalla de cara para tratar de “mantenerse en forma”.
Eso hemos hecho con la Pame durante estos últimos cuatro años. Hemos entrado a cada restaurante, a cada café y a cada bar de nuestro barrio; todos lugares que consideramos la médula de nuestra capital y que da pena dejar atrás.
Por eso antes de irme quiero dejar manifiestos mis sentimientos con respecto al down town. Para mi aún es y será el lugar donde puedes encontrar la variedad más amplia de chilenos. Desde los Audi que entran por Huérfanos cada mañana, hasta los mendigos que duermen afuera de la Posta Central, todos están por acá, sin exclusiones y eso es atractivo, auque a veces moleste.
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