7/21/2008

Colchagua Valley

No es sino el activismo culinario el que me motivó a postear nuevamente en este silencioso lugar ¿Colchagua Valley? Sí, es una extraordinaria provincia que queda a sólo dos horas de Santiago en donde se puede tomar vino en cantidades y comer, comer, comer y comer.
Sí, ya estoy al tanto de los prejuicios: paseo para pensionados adinerados, turistas extranjeros o matrimonios con más de un hijo pequeño, de esos que se preguntan todo el tiempo ¿por qué? Pero ahí llegamos con la Pame a destruir los estereotipos y nos plantamos como pareja joven sin hijos que somos, a descansar de nuestras agotadoras rutinas santiaguinas.
La actividad turística en el valle es agitada y su epicentro logístico se concentra en el pueblo de Santa Cruz. De hecho ese es el nombre del hotel más famoso y costoso de la zona que, junto a su viña, forma una parte (ignoramos la cuantía) del patrimonio del empresario Carlos Cardoen. No nos detendremos en la historia de Cardoen porque la atención del fin de semana se la llevó la comida y los vinos, así que si quieren indagar: google it. Sólo les puedo anticipar una cosa: alguien tiene que hacer ese trabajo…
La primera parada y cena del viaje la hicimos en un restaurant peruano de nombre “La Casita de Barriales”. En dos palabras: In - Creíble. Si van les recomiendo comenzar con una causa limeña de jaiba. Luego mi elección para el fondo fue el lomo salteado. Con el primer trozo supe que no me había equivocado y no sólo eso, también supe que podía morir tranquilo. La Pame tuvo la misma sensación, sólo que con su ají de gallina. En resumen, no pueden perdérselo. Yo salí agradeciendo el aporte culinario que nos ha reportado el proceso de inmigración peruana. Este restaurant pasó a mi top 3 inmediatamente Al día siguiente, compramos tickets para visitar la Viña Viu Manent. El lugar es precioso y se vende solo. Exportan el 98% de su producción y el gran orgullo de su gente es la elaboración de un vino cuya cepa predominante está combinada con un “secreto”, creado por su enólogo. Los hay en Carmenere, Cabernet Sauvignon, Malbec, Merlot y Syrah. Nosotros preferimos las botellas tradicionales de la viña, todas de gran calidad, pero sin el "secreto". El restaurant de la casona funciona muy bien y está emplazado en un lugar precioso con paredes de adobe. La iluminación es perfecta y hay que tener presupuestado un consumo de entre 12 y 14 lucrecias por persona. La cocina está a la altura y se puede comer cordero, entrañas, ravioles caseros, entre otros platos. Pese a todo, no pude sacudirme de la impresión de Barriales.
El día siguiente lo pasamos recorriendo la Viña Casa Lapostolle. A este lugar llegamos invitados por el esposo de una amiga, quien gentilmente nos mostró todas las increíbles instalaciones que posee esta viña. Para evitar lanzarme en una piscina de adjetivos grandilocuentes, sólo puedo mostrarles un par de fotos y recomendarles ir. Insisto, no dejen de ir. Pero bahh! igual puedo socializar algunos tips como que el edificio y bodega de Lapostolle para la producción de Clos Apalta, posee seis pisos incrustados en la ladera de una montaña, que le costaron a su dueño alrededor de 10 millones de dólares. También nos enteramos que es posible arrendar una de las cuatro cabañas construidas en el lugar. Sólo tienen que hacer una vaca y juntar la módica suma de $500 dólares por cada noche. Quizás les aliviará saber que el precio incluye el desayuno.
El final del viaje decidimos pasarlo nuevamente con la buena gente de Barriales. Quisimos, además, averiguar si para la cena anterior el chef andaba en uno de esos días en que hay que jugar al Loto, o si estábamos definitivamente ante un hallazgo culinario mayor. Esta vez cambiamos la causa limeña por un cebiche de corvina (en este local se usa con “b”). De fondo pescado a la plancha y cómo no… lomo salteado. El resultado fue el mismo y sin duda el vino de la zona y este restaurant fueron la mejor noticia del fin de semana.