11/28/2008

Que poco ha cambiado nuestra onda…

¿Recuerdan la canción? Si, como pueden intuir esta pequeña nota entrará en el recuerdo. Un concentrado, síntesis, recopilación… nostalgia de la buena.
La historia para mi es la siguiente: cuando bordeábamos la mayoría de edad, mi amigo Nacho, su hermano Felipe y un clásico de La Florida llamado Alex Rojas, partimos en un bus de la línea Tas Choapa a Pichidangui. Alguien nos recibiría ahí. No recuerdo quién pero el dato poco importaba. Lo que realmente me tenía preocupado era estar sentado con mi mochila en la cuneta de la costanera, encendiendo cigarrillos y disfrutando de la absoluta libertad. Sentir ese aire de “todo está por pasar”.
Bueno, en adelante experimentamos muchos veranos en el camping “El Bosque”, herencia que continuaron cultivando muchos floridanos y que se ha mantenido viva en el tiempo y el espacio de una enorme memoria colectiva que atesora una cantidad casi infinita de historias, anécdotas y mitologías; todas, partes fundacionales de nuestras vidas en comunidad.
Motivos nunca faltaron. Ahí algunos descubrieron la lectura con “Yo visité Gaminides”. Yo mismo me aventuré a abrir el cielo mientras otros conocieron el amor, la locura y la fantasía de lo que en ese entonces nos parecía la “libertad”. Todos momentos inolvidables, algunos de los cuales compartimos por última vez con Roberto… en fin.
Eso nos propusimos mostrarles a nuestras señoras. Claro, lo haremos en versión 2008, con tragos VIP, asado, colchones inflables y toda una batería de tecnología que hará parecer las experiencias pasadas como las de una secta ochentena o algo así.
Barrigas más o barrigas menos, ahí estaremos gozando en Pichidangui. Lo mejor de cada familia, como siempre, demostrando que somos un equipo y que estamos juntos en esto de sobrellevar nuestra creciente vejez. Yo ya compré mi chuleta para el asado ¿y ustedes?

11/14/2008

Palabras tardías

No acostumbro viajar muy a menudo a mi niñez, pero la situación me obliga. Hace unas semanas murió Rick Wright. Con ello también murió uno de mis más grandes anhelos: poderlo ver junto Gilmour en concierto. Mason también podría haber estado invitado… en fin.
Recuerdo haber cumplido 12 o 13 años cuando vi por primera vez el film The Wall. La música me paralizó, en especial cuatro canciones: Mother, Another brick in the wall, Comfortably numb (por sobre todas las cosas) y Run like hell. Tomé de ese álbum toda la lucha con los fantasmas propios de la adolescencia, los miedos… todo eso.
Pero luego me quedé con la música y la fui a buscar a la casettería. Tal como los niños molestaban en ese entonces por una figurita de He - Man, yo molestaba a mi padre con los discos de Pink Floyd. Cada uno de ellos era un universo particular que abría un imaginario del cual a veces me era difícil escapar. Incluso recuerdo que una chica que atendía el video club de Serafín Zamora se puso a escuchar al grupo motivada por mi inusual e infantil pasión floydiana.
En esa época no existía la Internet. De hecho el “no va más” del momento lo encarnaba el laser disc, del cual me copiaron una codiciada versión del recital The Delicate Sound of Thunder (mi papá pagó caro por ella). Aún así la información sobre grupos era escasa. Mucha gente pensaba, por ejemplo, que Pink Floyd y el personaje de la película eran la misma persona. “Él está muy loco”, me comentó una vez en tono maternal la chica guapa del video club luego de escuchar un par de discos.
Finalmente llegó Wish you were here. Aún no paso una semana sin escuchar esa canción. Lleva sonando en mis equipos y guitarras más de 17 años. Significa demasiado. Es mi pequeño himno y aunque es un lugar común en fogatas y jaranas, ambos hemos construido una relación duradera. Es por ello, además, que soy de los que piden por favor que Roger Waters no la continúe incluyendo en sus giras como solista (claramente la arruina con ese maldito final de coritos).
Todo esto explica mi gran pena y estas palabras. Hasta ahora nunca perdí la ilusión de poder ver a Gilmour y Wrigth juntos tocando Wish you were here y Comfortably numb. El regalo final ustedes lo pueden imaginar.
Finalmente, una última cosa sobre los Floyds: ¡la foto lo dice todo!
Wright descansa en paz.

11/03/2008

Última Estación

¿Cómo referirse a la primavera? Sin duda es una estación contradictoria. Por una parte, es sinónimo de buen clima (el sol comienza a adueñarse lentamente de la temporada) y los días se vuelven más largos (< happy hour). Por otro, aparecen las alergias, las añoranzas y la certeza de que, aunque nos parezca prematuro, nuevamente el ciclo de un nuevo año se comienza a cerrar.
Personalmente, este fin de año lo estoy viviendo envuelto en la nostalgia de saber que es el último que residimos con la Pame en Santiago Centro. Llevamos cuatro años viviendo aquí y leyendo los posteos de la nota anterior, me doy cuenta que soy de los pocos enamorados de la médula de esta ciudad.
Es cierto, estamos cumpliendo la máxima de cualquier capital que crece y se vuelve relevante: sus habitantes la odian, pero nadie prescinde de ella. Y cómo no odiar los bocinazos, los tacos, la movilización pública colapsada, los cuidadores de autos, el indiferente perdón del que te chocó en el metro… cómo no odiar todo eso. Les doy una fórmula: piérdanse en su ciudad.
¿No lo creen? Lo que todos detestan –creo yo- está dando paso a los nuevos Santiaguinos que huyen a los suburbios en busca de “paz” y de un patio en dónde ubicar la parrilla para asar los domingos. Por supuesto también están aquellos que fueron más allá e invadieron las zonas periféricas rurales buscando un ambiente de “campo” distinto para incrementar su calidad de vida.
Finalmente estamos los que caminamos entre el concreto con la libertad de los que caminan entre vergeles. Los que vamos a la feria el domingo a Diez de Julio y compramos entre mujeres tatuadas que cargan niños ya medios alternativos. Gente “joven” que vive en no más de 60 metros cuadrados cuyos espacios de recreación se encuentran en los lugares públicos. Personas con prospectos artísticos desconocidos (muchas veces de dudosa calidad) que necesitan del bullicio capitalino para sentir que están activos y que aún todo puede pasar. Tipos que saben dónde ir a comer, cuál es la última picada y dónde se puede tomar un trago sin que te estrangulen la billetera. Tíos que de vez en cuando se lanzan a hacer deportes en el Bustamante, compran bicicletas que puedan entrar en los ascensores y habitualmente cruzan la calle por las tardes con una botella de agua y una toalla de cara para tratar de “mantenerse en forma”.
Eso hemos hecho con la Pame durante estos últimos cuatro años. Hemos entrado a cada restaurante, a cada café y a cada bar de nuestro barrio; todos lugares que consideramos la médula de nuestra capital y que da pena dejar atrás.
Por eso antes de irme quiero dejar manifiestos mis sentimientos con respecto al down town. Para mi aún es y será el lugar donde puedes encontrar la variedad más amplia de chilenos. Desde los Audi que entran por Huérfanos cada mañana, hasta los mendigos que duermen afuera de la Posta Central, todos están por acá, sin exclusiones y eso es atractivo, auque a veces moleste.