Cuando recuerdo mi infancia aparecen imágenes y sabores muy particulares y, como siempre viví en un pequeño y alejado suburbio capitalino, la onda (si es que se puede hablar de onda), la comida, la entretención… todo lo último, era posible de encontrar en el centro. Si querías el juguete del momento: Almacenes París (Alameda con San Antonio). Lo mismo con la vestimenta. ¿Algún artículo electrónico?, ahí estaba Casa Royal. ¿Recuerdan la música del canario de la tienda Panamtur?¿las tiendas Falabella de Ahumada? Ufff, los recorridos por todos esos lugares eran realmente agotadores. Largas jornadas en donde para comprar muchas cosas había que visitar muchas tiendas. Pese a todo lo mejor estaba reservado para el final cuando había que escoger dónde comer.
Aquí lanzo mis favoritos. Un surtido de galletas Tip Top para ir al cine. Una bandeja de pollo con papas fritas, pan redondo y bebida cola en Los Pollitos Dicen. Café helado en el Paula o las tortas del Café Colonia. Una empanada de pino frita en El Rápido o un par de completos en el portal Fernández Concha. Finalmente algún petit bouche del Chez Henry o una hamburguesa en el Burguer Inn.
Seguramente todos tendrán una versión personal de esta selección, quizás, complementada con los locales pertenecientes al imaginario de cada barrio. Pollo Stop, dirán algunos; Pollo Caballo, dirán otros. Lo cierto es que Santiago era una pequeña provincia en esa época y sin muchas atracciones. Para mi gusto, el centro era (y es) el lugar. Antes me maravillaba con el Cinerama de Sta. Lucía, cine Huelén y Grand Palace. Ahora disfruto aún más con esos lugares y sus nuevos rostros. Todo ha cambiado pero de tarde en tarde todavía me animo a recorrer esos sabores. Muchos de ellos aún permanecen en la misma dirección un poco más envejecidos, un poco más como nosotros, un poco más como nuestra capital.