(...viene de la nota anterior) Orgulloso por haber logrado la laboriosa primera parte del viaje, me dispuse a bajar nuevamente a la Hostería las Torres para continuar mi caminata en dirección al Glaciar Grey. A estas alturas, mis piernas ya habían superado el umbral del dolor. Además me volví un madrugador empedernido y eso si que es toda una novedad. En fin, el tema es que llegué abajo raja a hacer una espera de cuatro horas. Descansé “n” tirado al lado de un árbol mientras digerí mi comida típica por esos días: charqui, chocolate y agua. Luego llegó el tranfer que me llevó a la puerta del parque para esperar el traslado al catamarán que llegaba hasta Pehoé.
En ese lugar apareció el primer personaje de la odisea. Era un señor como de 60 años, de la VIII Región, que viajaba solo con una mochila. Su equipo era simple: bototos de seguridad, jeans y un buen chaleco sureño. Quedamos sentados de frente en una cafetería. Espontáneamente me comenzó a hablar. Primero me chaqueteo todo el equipamiento, diciéndome que nada le llegaba ni a los talones a sus bototos, jeans y chaleco. Igual divertido el loco. Después afanó a un chofer que se arrimó a conversar y que hacía muchos años había vivido en La Pintana, Santiago. "Uyyy ahí pica la jaiba", fue el comentario, que no le causó mucha gracia al chofer. Bueno al final todo bien y nos quedamos hablando los tres sin mayores problemas.

Después llegó un canadiense con una inglesa que querían agua caliente para un café. Ahí trataron de hacerse entender con nuestro personaje que se paró y les hablaba saltando y haciendo gestos con las manos. Decía algo así como tú agua querer, agua, café, querer turista, mientras la inglesa le respondía extrañada en perfecto español que ya no se preocupara, que estaba todo bien.
Lo divertido es que después el loco me hablaba igual a mi: oye amigo, ellos querer… café ellos querer tomar, tú convidar, tú tener… ¿? Yo le decía que por qué me hablaba a mi de esa manera si yo también era chileno. Al final me cagué de la risa.
Lo divertido es que los cinco acampamos en Pehoé –para desgracia del canadiense que a todas luces quería intimidad- y planeamos el viaje del día siguiente para llegar hasta el Grey.
El canadiense era de Québec por lo que hablaba francés e inglés. La inglesa hablaba perfecto español (también hablaba francés) porque su papá era colombiano y el señor, bueno, inventó un dialecto adicional que sólo él entendía.

Igual el grupo sirvió para hacer el último trayecto acompañado. El tramo era largo y pesado (5hrs) así que la compañía fue vital. Solo yo creo que no me atrevía porque en Pehoé todos nos metieron “n” miedo. Además todos fueron súper buena onda. Si quebequiano hasta nos invitó a desayunar en Grey, gesto extremadamente desprendido ($$$).
El resultado final fue el más grande y con 3hrs adicionales de caminata (8hrs en un día, todo un récord para mí) cumplí mi sueño de llegar al Glaciar Grey. Con eso terminamos.
Al día siguiente vuelta a desarmar, caminar, buses y buses y Puerto Natales. Lo más importante es que pude volver a hablar con la pame después de hartos días de incomunicación. Luego dormí, me levanté temprano y tomé el bus a Punta Arenas. Ahí estuve tres días y de vuelta a Santiago.
En ese lugar apareció el primer personaje de la odisea. Era un señor como de 60 años, de la VIII Región, que viajaba solo con una mochila. Su equipo era simple: bototos de seguridad, jeans y un buen chaleco sureño. Quedamos sentados de frente en una cafetería. Espontáneamente me comenzó a hablar. Primero me chaqueteo todo el equipamiento, diciéndome que nada le llegaba ni a los talones a sus bototos, jeans y chaleco. Igual divertido el loco. Después afanó a un chofer que se arrimó a conversar y que hacía muchos años había vivido en La Pintana, Santiago. "Uyyy ahí pica la jaiba", fue el comentario, que no le causó mucha gracia al chofer. Bueno al final todo bien y nos quedamos hablando los tres sin mayores problemas.
Después llegó un canadiense con una inglesa que querían agua caliente para un café. Ahí trataron de hacerse entender con nuestro personaje que se paró y les hablaba saltando y haciendo gestos con las manos. Decía algo así como tú agua querer, agua, café, querer turista, mientras la inglesa le respondía extrañada en perfecto español que ya no se preocupara, que estaba todo bien.
Lo divertido es que después el loco me hablaba igual a mi: oye amigo, ellos querer… café ellos querer tomar, tú convidar, tú tener… ¿? Yo le decía que por qué me hablaba a mi de esa manera si yo también era chileno. Al final me cagué de la risa.
Lo divertido es que los cinco acampamos en Pehoé –para desgracia del canadiense que a todas luces quería intimidad- y planeamos el viaje del día siguiente para llegar hasta el Grey.
El canadiense era de Québec por lo que hablaba francés e inglés. La inglesa hablaba perfecto español (también hablaba francés) porque su papá era colombiano y el señor, bueno, inventó un dialecto adicional que sólo él entendía.
Igual el grupo sirvió para hacer el último trayecto acompañado. El tramo era largo y pesado (5hrs) así que la compañía fue vital. Solo yo creo que no me atrevía porque en Pehoé todos nos metieron “n” miedo. Además todos fueron súper buena onda. Si quebequiano hasta nos invitó a desayunar en Grey, gesto extremadamente desprendido ($$$).
El resultado final fue el más grande y con 3hrs adicionales de caminata (8hrs en un día, todo un récord para mí) cumplí mi sueño de llegar al Glaciar Grey. Con eso terminamos.
Al día siguiente vuelta a desarmar, caminar, buses y buses y Puerto Natales. Lo más importante es que pude volver a hablar con la pame después de hartos días de incomunicación. Luego dormí, me levanté temprano y tomé el bus a Punta Arenas. Ahí estuve tres días y de vuelta a Santiago.
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